Año XLI - Edición Nº 8.409

Miércoles 11 de abril de 2018

Papá no va a llegar, porque está trabajando en el norte

Fecha de Publicación: Mié, 03/06/2013 - 09:01

“Papá no va a llegar, porque está trabajando en el norte” es la mentira piadosa que da título al hermoso libro de Rolando Álvarez".

La portada del libro de Rolando Álvarez.

Foto:

Archivo Departamento de Comunicaciones

“Papá no va a llegar, porque está trabajando en el norte” es la mentira piadosa que da título al hermoso libro de Rolando Álvarez. En la portada, la sombra de una torre de vigilancia se extiende por el suelo reseco hacia un grupo de casas de una antigua oficina salitrera. Ese es el norte: un campo de prisioneros en el desierto de Atacama.

Papá no va a llegar, porque está trabajando en el norte. Es una verdad a medias, porque en ese norte también se trabajaba. Pero, claro, no era fácil de explicar a los hijos ese trabajo que provocaba una ausencia incomprensible en la navidad del 73. Eran, literalmente, razones de fuerza mayor. Se posterga, entonces, la verdad inverosímil por una versión menos dolorosa de la ausencia: una mentira piadosa.

¿Cuánto tiempo puede durar como “verdad” una mentira piadosa? ¿En qué circunstancias una mentira piadosa puede tener fecha de vencimiento? ¿Cuándo la podemos canjear por la versión que responde a lo que llamamos realidad? ¿Cuántas mentiras piadosas han sido o son parte de la verdad oficial de la familia chilena? ¿Cuánto se debe esperar para –como diría Donoso- “correr el tupido velo”? En su origen, la mentira piadosa es para evitar un sufrimiento. La mentira piadosa mitiga los dolores propios y ajenos. ¿Para qué hacer sufrir a los niños contándoles la verdad? ¿Cómo habrían entendido, los niños y niñas del 73- expresiones como preso político, campo de concentración; o las palabras dictadura, delación, interrogatorio, tortura. Y más tarde la palabra “desaparecido”? ¿Cómo se imaginarán los niños a un prisionero? Las palabras se pueden convertir en pesadillas. En una cadena de sufrimientos innecesarios. Ya sabrán la verdad. No sabemos cuándo. En tanto, es mejor la mentira piadosa: “Papá no va a llegar, porque está trabajando en el norte”. Y llegó el momento de contar, de comprender, de compartir lo que en su momento el criterio del autocuidado, de la protección, del mejor sentido común, indicaba postergar. La verdad dicha en diferido. En buena hora.

Antes de ser llevado al norte, Rolando Álvarez estuvo en Estadio Nacional. Permítanme a propósito del Estadio quedarme un par de líneas con  la palabra piedad y recordar un testimonio. Después de los interrogatorios en el Velódromo los presos volvían al coliseo: “En las escotillas, a contraluz del cielo que franqueaba los barrotes de las enormes puertas, nuestras siluetas se movían lentamente. En penumbras y en silencio se vivían conmovedoras escenas de piedad en torno al compañero torturado. Como recién bajado de una cruz, más muerto que vivo, se le atendía con ternura. Aparecían las frazadas como por encanto. Para que estuviera abrigado, para que el cuerpo cayera sobre algo blando, para que apoyara la cabeza. Un sudario de lana, sucio, con olor a miedo” (Frazadas del Estadio Nacional: 144).

Con frecuencia los testigos hablan de otros. Siempre los otros lo pasaron peor. En muchos testimonios no hay ostentación del dolor propio porque son testigos de situaciones peores. Por ello, hay frases pudorosas cuando se trata de testimoniar el sufrimiento. El Dr. Álvarez dice: “A mí no me pasó nada; o sea, sí, estuve preso, perdí mi trabajo, mi puesto, pero más allá de eso, a mí no me pasó nada. ¡A mis compañeros los torturaron! A mí –agrega- me daba vergüenza decir que estuve preso, porque fuera de eso, a mí no me pasó nada” (2012: 57). Aunque sea un lapsus, es significativa la doble negación (“no me pasó nada”). Porque es cierto: si no me pasó nada es que me pasó algo. Ante las aberraciones conocidas siempre las penurias propias parecen insignificantes. ¿Qué te hicieron? –Nada. Es decir todo aquello que pueda esconder una mentira piadosa.

Esta actitud, de modestia respecto del dolor propio, vale también para los actos encomiables y loables: siempre son otras las personas dignas de admiración.
El subtítulo del libro, ya descriptivo, nos dice que contiene Memorias y epistolario de un preso político comunista y su familia en Chile. Me gusta –sin ser ni haber sido del Partido Comunista- que en él se explicite el origen partidario del testigo; más aún porque en su relato no hay reivindicaciones sectarias ni arrogancias heroicas ni victimizaciones interesadas. Desde la portada sabemos que este preso político es comunista; es decir, en ello –en ser de izquierda- radicaba la razón de la detención. Era “víctima” porque le estaban violando sus derechos, pero no porque fuera “políticamente inocente” y no tuviera principios que la derecha repudiaba. Eso tranquiliza mucho y –pensando en la autoestima de los prisioneros- tener cierto orgullo de sus propios valores evita que ser preso político sea un demérito o un motivo de vergüenza.

Quien lea el libro se dará cuenta que el autor actúa en coherencia de acuerdo a sus valores. Sin alardes, sin aspavientos, sin magnificar situaciones que son elocuentes ni dramatizar lo que de por sí es dramático.

Pienso que estas memorias nutren una memoria colectiva que siempre se está completando, respondiendo a dos imperativos que la están muy bien ilustrados en la estructura del libro: las memorias y el epistolario. Me refiero, por una parte, al requerimiento de memoria; es decir, a la memoria que la sociedad estima que es necesaria de compartir para –por ejemplo- completar la historia del estadio Nacional y de Chacabuco. Al testigo se le pide que, por deber de memoria, agregue su pieza a un puzzle colectivo. La primera parte del libro, responde al requerimiento de memoria, considerando la significativa mediación editorial (entrevista, estructura del relato y edición de texto), en este caso de Isadora Stuven.

El otro imperativo es la reivindicación de memoria; es decir, el impulso del testigo por contar aquello que la sociedad (digamos: la justicia, el periodismo, la política, la solidaridad internacional, etcétera) no prioriza como una memoria urgente o útil; pero que el testigo estima importante en términos personales y necesaria porque se conecta con la subjetividad de personas cuya memoria ha sido preterida y no preferida. Memorias que han sido eclipsadas por otras. En esta reivindicación de memoria se puede ubicar la decisión de mostrar las cartas íntimas, los dibujos, el amor familiar, la banalidad del bien. En ella está la cotidianidad que, siendo particular, es representativa o equivalente a la cotidianidad de otras personas. En este caso, el epistolario permite compartir la vida privada por medio de la correspondencia entre el prisionero y su esposa. “Vida privada” relativa y representativa en una correspondencia que –sabemos- era leída por los censores.

La conciencia de aquello está en las mismas cartas que contienen guiños y complicidades y eufemismos. “Solo podemos escribir 2 cartas al mes –informa una-- y con extensión limitada, ya que el trabajo de revisar la correspondencia  es excesivo en estas condiciones. Por lo tanto no podré escribir como yo quisiera, es decir una carta para ti, otra para mi papá, mamá y para los niños” (Rolando Álvarez, Chacabuco, 20 de noviembre de 1973. 2012: 94).

Hay cierta ironía de quien pareciera comprensivo con el arduo trabajo –excesivo- de los censores; que agrega un “es decir” explicativo para que esos mismos censores no vayan a pensar otra cosa: si dicen “no podré escribir como quisiera” no vayan a imaginar que estoy hablando de que hay censura, sino porque me gustaría escribir cartas separadas. Y censura propiamente tal hay en más de una carta en que se señala que hay unas líneas borradas.

Después de un párrafo censurado, se lee en otra carta: “Los días se suceden unos a otros sin variación, yo trabajo, atiendo a los enfermos y ahora incluso estoy haciendo un mapa de estrellas ya que el cielo de aquí sí que es realmente limpio.” (Rolando Álvarez, Chacabuco, 10 de diciembre de 1973. 2012: 114).

Efectivamente el papá está trabajando en el norte y tiene plena conciencia de que mantenerse ocupado es la mejor forma de enfrentar la adversidad. “…junto a mis colegas –cuenta- tenemos un ambicioso plan de trabajo en relación a la atención médica de la gente. Esto último significa mucho para nosotros, pues el trabajo es excelente remedio para las preocupaciones” (Rolando Álvarez, Chacabuco, 12 de noviembre de 1973. 2012: 90).

El autocuidado individual y colectivo se impone como una forma de hacer comunidad y de desmentir la representación del enemigo interno que promovía la dictadura. El estereotipo del extremista, asesino y antipatriota nunca calzó con estos presos que tenían El Principito como libro de cabecera, quienes construyeron una nueva cotidianidad y comunidad en Chacabuco, donde cada uno descubrió o expresó talentos y competencias que estaban ocultas por la especialización y el rol social en la sociedad “de afuera”. Ello explica el desarrollo de actividades culturales al interior de los recintos de prisión política en las que se producen artefactos culturales híbridos, en el sentido de que su construcción, puesta en escena o instalación requieren de la concurrencia, la integración, la sinergia, de artes, técnicas y competencias de orígenes diversos. En esta producción se desarrollan relaciones de colaboración entre las personas, de diferentes competencias, en cuya práctica eleva la autoestima y un sentimiento de orgullo por la producción que testimonia, primero para ellos mismos, una forma de enfrentar la adversidad y asumir el duelo con actos cotidianos; no heroicos, pero dignos.

Cuenta el Dr. Álvarez –que además de ejercer la medicina hacía juguetes y enseñaba astronomía: “Las habilidades y preparación de la gente son múltiples y todos las están entregando en beneficio del resto. Por ejemplo, yo practico gimnasia diariamente bajo la dirección de un profesor de educación física, así como sigo un curso de programación de computadores. Yo en cambio entrego atención médica en un policlínico que hemos habilitado todos los ex trabajadores del SNS y me preparo para hacer clases de astronomía. Además, existe un excelente conjunto folclórico formado y dirigido por Ángel Parra, club de ajedrez, brisca y otros” (Rolando Álvarez, Chacabuco, 20 de noviembre de 1973. 2012: 94).

No todo, por supuesto, resultaba como querían los presos. “Las clases de computación –relata el Dr. Álvarez- fueron prohibidas con el pretexto que podían ser usadas para planear alguna conspiración. Por otra parte, las clases de astronomía (que las hacía yo, apoyado con instrumentos primitivos) fueron considerados peligrosas, pues podrían servir como elementos de orientación en una hipotética fuga por el desierto” (2012: 56). No obstante, al interior de la comunidad había un reconocimiento al acervo sociocultural compartido, había un reconocimiento mutuo, un guiño colectivo que muchas veces se expresaba con humor. Este reconocimiento mutuo contribuye a la generación de confianzas y clima de cooperación y solidaridad, basado en una visión de mundo, identidad cultural y coincidencias valóricas, permitiendo el aprendizaje mutuo y la sinergia de los conocimientos presentes en los individuos que conforman la comunidad.

La valoración de los recursos propios genera autoestima positiva, individual y del colectivo; también autocuidado y promoción de las virtudes cotidianas en función del bien común. En esa lógica, me atrevo a decir que en este libro podemos encontrar ejemplos de cada uno de los pilares de la resiliencia comunitaria que hemos aprendido de otros testimonios, tanto de Chile como de otras experiencias. Los principales pilares de resiliencia comunitaria en la prisión política son tres y que son reconocibles en las experiencias que relata este libro: 1. Reconocimiento del acervo sociocultural compartido. 2. Desarrollo de expresiones lúdicas y humorísticas en contexto de duelo. 3. Valoración y manifestación de la creatividad. Tres condiciones que tienen en el centro a la persona vinculada con otras personas, que contribuyen a la resiliencia comunitaria con acciones muchas veces sencillas y sin connotación de heroísmo o martirologio: el solo hecho de comentar la puesta de sol con alguien, como lo hacía Rolando Álvarez con su colega Raúl Díaz, de sentir a ese alguien con quien conversar; el solo hecho de cantar y escribir, aunque la canción y el poema no sean explícitamente políticos; el solo hecho de tallar una tabla, de dibujar, de pulir un hueso; el solo hecho de contar o celebrar un chiste, de reírse con los otros; el solo hecho de ser un detenido en movimiento, a pesar del absurdo; el solo hecho de liberar el pensamiento y no echarse a morir, finalmente, son acciones de enfrentamiento y superación de la adversidad. Son signos simplemente de humanidad que, obviamente no son exclusivos de la experiencia chilena; y que sin embargo no siempre son revelados para explicarnos la sobrevivencia en las condiciones más adversas.

Al menos diez años después de estas cartas, en 1985, Emir Kusturica estrena su película “Papá está en viaje de negocios”. En ella, un hombre casado, padre de dos niños, es delatado ante la represión estalinista –en Yugoslavia- que lo condena a trabajos forzados. Su esposa logra sacar a la familia adelante y al más pequeño de sus hijos le cuenta que papá está haciendo un largo viaje de negocios.  ¿Qué significa esto? Que las estrategias de sobrevivencia son similares en circunstancias comparables, más allá o más acá de los signos ideológicos que las provoquen. Las víctimas enfrentan la adversidad con creatividad y de ella surgen con más frecuencia de la que podríamos imaginar las mentiras piadosas, los relatos que nos justifican, nos explican y que muchas veces se instalan en nuestra memoria oficial. No siempre existe la posibilidad de reponer la verdad original, de registrarla. Hay verdades vergonzosas, hay otras que hieren la modestia. Hay veces que, a pesar de tener la oportunidad de la confesión, es mejor quedarse con la mentira piadosa.

La lectura del epistolario, junto con ser un estímulo para que otros sigan el ejemplo, revela una deuda ética tremenda. Me refiero al rescate de la memoria de las mujeres, de los familiares, de aquellas que literalmente cruzaron el desierto para ver a los presos; quienes sufrían la falsa libertad de sus barrios y que debían, entre otros desafíos que impone la sobrevivencia, inventar relatos que –en la incertidumbre- mitigaran el sufrimiento de los hijos, para no envenenarlos con una realidad incontrolable.

“Algún día podremos olvidar todo esto”, leo en una carta firmada en Chacabuco, un 20 de noviembre de 1973. A casi cuarenta años, este libro es una prueba, querido doctor, de que eso no resulta. Porque algún día –hoy día-- podemos recordar todo esto.

(*) Jorge Montealegre es escritor, periodista y colaborador de la Vicerrectoría de Vinculación con el Medio de la U. de Santiago.

Comentarios

Enviado por GABRIELA MEZZETTI (no verificado) en
Email: 
gmezzetti8@gmail.com

Yo era su vecina; tenía 12 años para el Golpe y viví muy de cerca la vida cotidiana de la familia que se vio interrumpida, a pesar de  mi corta edad sabía que debía dar una mano con esas niñitas; para mi era un placer llevarlas a mi casa a jugar. A pesar de eso sabía que algo raro sucedía...y después cuando crecí entendí todo. El doctor Alvarez me ayudó dos veces: una cuando era mi vecino y yo tenia 9 años, se ocupó de mi hepatitis  con tanto cariño. Luego, en el 78, me llevó donde el médico  que me operó de un tumor. Le debo  mucho y siempre lo consideré un gran hombre un gran doctor...mi doctor de niña. Ahora,desde Italia, lugar donde resido hace 10 años por causalidad...encontré este libro y quisiera tenerlo.

Gracias Doctor.

Gabriela Mezzetti

gmezzetti8@gmail.com

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