Año XLI - Edición Nº 8.409

Miércoles 11 de abril de 2018

Los niños invisibles

Fecha de Publicación: Mié, 12/26/2012 - 09:25

El abuso infantil es una basura que toma muchas formas. A veces inimaginables. Y todas ellas son inaceptables.

Foto:

Internet

Un par de jóvenes artistas, Abril y Miguel, recortan pedacitos de seda. Hilvanan cada retazo sobre un lienzo, componiendo con infinita paciencia la imagen de un niño que está en medio de un basural. Al niño lo vieron primero en una fotografía. En ella el niño pareciera ser parte de la basura. ¿Cómo sacarlo de ahí? La suma de trapitos crece como mosaico hecho con jirones que también estaban destinados a ser basura. El niño está en medio de la seda. Él mismo, en la transfiguración artística, es de seda. Llega así, del basural a la foto y de ella al arte textil, re-significado con una tela que revela y amplifica la contradicción y la paradoja. Seda y basura. En el contraste, los sobrantes de género rescatan lo desechable –la basura y el niño- dándole la visibilidad que otros niegan.  Indiferencia, desidia, impotencia: miradas que no miran. Tras la realidad de la obra “Niño en la basura”, de Abril Montealegre y Miguel Caro, hay una realidad atrapada en el registro del fotógrafo, que luego es recogida en el arte textil, en una acción de arte y de reciclaje nacida desde la sensibilidad de artistas jóvenes. Son lenguajes diferentes, pero el mismo niño del basural es el antecedente inolvidable. ¿De qué serviría la “transfiguración artística” si nos olvidáramos de la primera emoción que nos impulsa a fijar y recrear la realidad que nos conmueve?

En la secuencia de realidades, el niño que dejó de ser una fotografía es fotografiado esta vez en cuanto niño de seda. Ahora, los pedacitos de seda semejan pixeles de una imagen que toma su forma, como si el niño se estuviera levantando hacia el lector: está en la portada de un libro. Esa imagen, hecha con las sobras, enfrenta con sus ojos de seda, con ese género que connota una paradójica elegancia, a quien mira la tapa de un libro que parece inspirado en los niños que viven en medio de la basura. Su título: “¡Basta! + de 100 cuentos contra el abuso infantil”, de Ediciones Asterión.

El abuso infantil es una basura que toma muchas formas. A veces inimaginables. Y todas ellas son inaceptables. El libro recoge más de un centenar de micro cuentos, textos breves que en su clave de ficción se refieren a una realidad que también, como la portada de pedacitos de género, está formada por un mosaico de experiencias que generalmente están invisibilizadas o que no son tan excepcionales como podríamos creer. Todas denuncian el abuso de poder, como lo hace Jéssica Bustos en su cuento “Ellos dicen”: La mamá dice que tengo que contarle todo lo malo que hago al cura. El cura dice que no tengo que contarle nada de lo que hago con él a mi mamá. También con amarga sugerencia Romina Campos titula con la pregunta “¿Cómo se hacen los bebés?”: Guardó silencio y se secó las mejillas; bajó su falda y echándose la culpa encima se prometió no volver a preguntar.

Además del abuso sexual (y hemos visto en las noticias que hay personas que gastan varios sueldos mínimos por una niña virgen, que alguien sale a cazar por las poblaciones para ganar la recompensa), otras utilizaciones –como el tráfico de drogas- entran en los cuentos. “Fronteras”: Un hombre apunta con una pistola a mamá, mientras busca entre mis excrementos las pastillas que me hizo tragar antes de cruzar la frontera (Pamela Peralta).

Y así, los niños y niñas de la guerra, de la explotación en el trabajo infantil, en la violencia intrafamiliar, en la servidumbre doméstica, en tantas situaciones duras que muchas veces son representados en cuentos teñidos por un humor amargo y una indignación apenas contenida que permiten relatos contenidos, sugerentes, que nos dejan en silencio con una lectura que hiere, pero que es necesaria.

Es significativo que en estos libros coexistan en sus páginas autores y autoras de diferentes experiencias. Algunos consagrados, como Antonio Skármeta; con otros que hacen un paréntesis en su oficio habitual y muestran su faceta literaria (como Miguel Davagnino, Hervi o Malucha Pinto), junto a otros y otras que publican por primera vez –luego de pasar la selección de un consejo editorial- o ya están plenamente en la narrativa con otras publicaciones y talleres a su haber. Escribir en este libro, finalmente, es como plegarse a una marcha ciudadana y manifestar desde la literatura solidaridades e indignaciones. En el epílogo, Vinka Jackson se pregunta: ¿Cómo hacer entonces para preservar íntegros los derechos de quién es más vulnerable? La respuesta importa no sólo en relación con nuestros niños sino también frente a otras indefensiones, tan humanas. Tal vez haya que volver a mirar hacia la basura y percatarnos que en realidad ahí puede haber un niño, que no es desechable, que no sobra, que merece visibilidad como persona. Que merece más seda que basura.

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