Año XLI - Edición Nº 8.409

Miércoles 11 de abril de 2018

La verdadera razón de la abstención electoral

Fecha de Publicación: Jue, 11/21/2013 - 10:01

En mi fuero interno pensé que la serenidad que reinaba en las calles era producto de ciudadanas y ciudadanos conscientes del proceso eleccionario en ciernes; me pregunté cuántos escribirían “AC” en sus votos, e hice apuestas conmigo mismo. ¿Y si triunfa “el otro camino” de Alfredo Sfeir? o ¿Podrá Roxana Miranda aunar las voluntades del pueblo oprimido al que ella dice representar? o ¿Sacará más votos Tomás Jocelyn-Holt que el histórico 0,38 % de Arturo Frei Bolívar en las elecciones de 1999?

La Ley 18.700 prohíbe el consumo de alcohol en jornada electoral.

Foto:

Marcela Contardo, Pressenza International Press Agency

Generalmente, por razones laborales, me toca estar despierto hasta muy tarde los días sábado. Y como el trabajo queda bastante lejos de mi hogar, suelo recorrer las umbrías calles de Santiago cuando ya los gallos comienzan a cantarle al sol para que salga de una  vez por todas. El que recién pasó, previo a las elecciones Presidenciales, Parlamentarias y de Cores, sin duda fue distinto a muchos otros  sábado; diría que las arterias de la capital se presentaban aquel día, ante mis ojos, con un traje de sombría desolación.

Mi vuelta a casa, por lo común se topa con paraderos colmados de gente, quienes aún con la euforia que deja una fiesta en el cuerpo, esperan el transporte público. Y como si estuviéramos en época de bacanales griegas, algunos entonan – a  todo pulmón- canciones irreconocibles, otros beben haciendo salud con un compañero invisible o bailan de manera  descoordinada. También  están los que ponen en riesgo su vida y la de otros, al no respetar las leyes que el tránsito impone.

Pero aquel sábado previo a las elecciones fue distinto. La vía pública reposaba plácidamente, impoluta, sin que nadie la perturbara. Y comencé  con las conjeturas sobre aquella situación tan poco común. Si una cosa me ha otorgado la experiencia, es conocer algunos de los hábitos nocturnos de los naturales del Gran Santiago. Salir a beber. Beber en casa y luego seguir haciéndolo en un bar. Ingerir alcohol en casa, continuar en un local y  cuando éste cierra sus puertas, rematar en casa. Esas, son más o menos las variantes. Es decir: el trago nunca falta.

Debo reconocer, que en mi fuero interno pensé que la serenidad que reinaba en las calles era producto de ciudadanas y ciudadanos conscientes  del proceso eleccionario en ciernes y que responsablemente habían decidido dormir temprano para estar en óptimas condiciones para sufragar, al día  siguiente.

Tal idea me llevó a diversas  conjeturas: cuántos escribirían “AC” en sus votos, e hice apuestas conmigo mismo. ¿Y si triunfa “el otro camino” de Alfredo Sfeir? o ¿Podrá Roxana Miranda aunar las voluntades del pueblo oprimido al que ella dice representar? o ¿Sacará más votos Tomás Jocelyn-Holt que el histórico 0,38 % de Arturo Frei Bolívar en las elecciones de 1999? Y medio somnoliento seguí agregando  nuevas conjeturas hasta  que me quedé dormido.

Cuando desperté, y luego de hacer un meticuloso estiramiento corporal, me vino un golpe de lucidez que desbarató toda aquella  teoría política construida al alero de las últimas cuotas de energía que me quedaban la noche anterior. Las calles vacías no eran el resultado taxativo de un ejercicio democrático consciente, ni la muestra del lado más sofisticado del ser humano, sino de la ley seca que rige en Chile durante cada elección.

La Ley 18.700 con su artículo 116 es la responsable de que muchos compatriotas desarrollen su lado festivo en la intimidad de sus hogares en cada proceso eleccionario…y aquí viene lo realmente  grave señores políticos: el alcohol y las elecciones son elementos que para la norma social chilena resultan incompatibles. Por ello, habría un voto  inconsciente de castigo, para quienes  aparecen en la papeleta.

Un Estado que coarta por un día el derecho que tienen a beber sus ciudadanos, y el resto del año patrocina las pingües ganancias de las empresas que lo producen, sólo puede esperar indiferencia de sus representados…Vamos  a lo que  dice  exactamente  la Ley 18.700 Orgánica Constitucional sobre Votaciones Populares y Escrutinios, en el artículo ya referido: “El día de las elecciones o plebiscito, entre las 5 de la mañana y 2 horas después del cierre de la votación los establecimientos comerciales no podrán expender bebidas alcohólicas en el local o fuera de él, exceptuándose sólo a los hoteles respecto de los pasajeros que pernoctan en ellos”.

Ahora entiendo! El artículo 116 de esta norma es la herramienta que invoca la clase política para adormecer a la ciudadanía y conservar el statu quo. Ahí, está la  verdadera  razón de  la abstención electoral.

(*) Estudiante Escuela de Periodismo U. de  Santiago de Chile.

Comentarios

Enviado por Camilo Henríquez (no verificado) en
Email: 
kmilosmail2@yahoo.com

Leí todo un artículo, que incluso en una parte está mal redactado, para llegar a una tesis realmente pobre y muy parcial. Coartar el derecho a beber adormece a la ciudadanía. Coartar el derecho a beber conserva el statu quo. Francamente ridículo. Estimado estudiante, dígame por que esta ley podría provocar lo que usted señala. ¿No cree usted que hay muchos otros factores con más peso que influye en la decisión de muchos de no sufragar?

Enviado por Jorge Montealegre (no verificado) en
Email: 
jorge.montealegre@usach.cl

Simpático enfoque mirar las elecciones desde la aplicación de la ley seca. Es el día después, la resaca, del ejercicio preferido de los candidatos que se dedican a emborrachar la perdiz, cuando levantar el codo es para depositar el voto, sin garrafas ni ráfagas: un brindis a la democracia. ¡Salud!

Enviado por Fernando Abarca (no verificado) en
Email: 
fernando.abarca@usach.cl

Sr. Henríquez:

Si tuviera que elegir una herramienta para escribir un texto, escogería a ojos cerrados la sátira. Ésta, a través de la historia,  ha sido capaz de vencer a los dueños del poder fáctico y económico gracias a su habilidad única del desdoblamiento,  es decir la facultad de sortear con éxito  los ojos  inquisidores de la censura. ¿Qué sería del Ingenioso Hidalgo Don Quijote, si no lo leyéramos entre líneas? Lo más probable, es que no pasaría más allá de “una tesis realmente pobre y muy parcial”, o una novela más de caballería. Imagínese el desvarío de Miguel de Cervantes, señor lector: ¿Un tal Alfonso Quijano, que se hace llamar “Don Quijote”, ve gigantes en vez de molinos y sublime belleza en una desgarbada  y tosca mujer? ¿Usted dirá “Francamente ridículo”, no?

Si Cervantes hizo el ejercicio satírico – e incluso se lo dedicó a Condes y Duques- con maestría, en una época en que oponerse a la autoridad podía significar muerte o relegación, ¿por qué no intentarlo hoy? No se olvide que la palabra es el instrumento más prolífico y versátil con que cuenta el ser humano. Se lo recomiendo: ganará más de una carcajada en el camino y su corazón se tornará más sano. ¡Anímese! 

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