Año XLI - Edición Nº 8.409

Miércoles 11 de abril de 2018

EAO – 1968: Días que no volverán

Fecha de Publicación: Lun, 02/04/2013 - 15:52

“Labor laetitia nostra”. Estas tres palabras estampadas en el escudo de la puerta principal de la Escuela, no sólo llamaron mi atención, sino que además me plantearon el primer enigma cuando a la edad de quince años ingresé por primera vez a la Escuela de Artes y Oficios.

Jorge Calvo, (Años 1978 - 1980, cuando estudiaba Ingeniería Química en la UTE)

Foto:

“Labor laetitia nostra”. Estas tres palabras estampadas en el escudo de la puerta principal de la Escuela, no sólo llamaron mi atención, sino que además me plantearon el primer enigma cuando a la edad de quince años ingresé por primera vez a la Escuela de Artes y Oficios. ¿Qué idioma era aquel y qué significaba? Entonces no lo sabía y aún tendría que pasar mucho tiempo para que llegara a comprender su profundo significado.

Aquél era un tiempo temible, maravilloso y en gran medida excepcional. Por  insistencia de mis padres yo había interrumpido los estudios de Humanidades que cursaba en un liceo fiscal de un antiguo barrio del sector céntrico de Santiago, para incorporarme a una carrera técnica en la legendaria Escuela de la Avenida Ecuador, allá por Alameda abajo, pasando la calle Matucana, cerca de la Quinta Normal.

Las  clases se iniciaron el mes de marzo y muchísimas cosas estaban sucediendo en el vasto y distante mundo, ese  año 1968 en que ingresé. Una serie de situaciones que cambiarían para siempre la realidad. Asuntos trascendentes, cuyo alcance e influencia alterarían para siempre la vida. Y, todo eso era -en esencia- algo que yo ignoraba.

Hasta entonces yo había navegado a la deriva en el apacible mar de la ingenuidad.  En cierto modo al ingresar a la EAO nací por segunda vez. Y fue precisamente en los patios de la Escuela donde  sucedió la segunda experiencia que me causó una fuerte impresión.

Para el común de los santiaguinos la Escuela de Artes y Oficios era vista como una suerte de escuela industrial más avanzada, que preparaba estudiantes en oficios que les permitían ganarse rápidamente la vida.

Sin embargo, en los patios de ese plantel, en los comedores, en el turbulento casino de la “China”, en el subterráneo donde funcionaba la radio, nosotros teníamos oportunidad de compartir y convivir con estudiantes mayores, si se quiere jóvenes aún, pero más avezados y con discurso. Entonces, allí uno iba despertando, subiendo peldaños, se hablaba, se discutía apasionadamente de todo cuanto sucedía en el planeta: del mítico Mayo francés; de las barricadas: “Bajo los adoquines estaba la playa”; del Napalm en las aldeas de Vietnam; de los jóvenes norteamericanos negándose a combatir bajo el lema: “Paz, haz el amor y no la guerra”; del movimiento hippie, que con “Busco mi destino” (Easy Raider) llegaba a instalarse en El Parque Forestal, a la galería Drugstore y al Copellia de Providencia.

De pronto estábamos ahí, en esos patios, intercambiando puntos de vista, hablando de “derechos” y de “justicia”, discutiendo acaloradamente, aprendiendo a manejar las ideas, en tanto los  parlantes nos traían alguna melodía de Los Beatles o del Quila o de Inti-Illimani (“Si Juanito Laguna”…) o de Los iracundos o Piero (“Si vos te vas, amor, si vos te vas…”). Y de golpe se producía un silencio sepulcral y todos en el patio nos quedábamos suspendidos ante la visión de alguna chica de Ingeniería que salía de una sala con los cuadernos contra el pecho y una breve minifalda; la seguíamos  con la mirada mientras cruzaba lentamente el patio y a la par, las palmas de los muchachos se batían gradualmente.

Ese año el movimiento estudiantil de la UTE se había propuesto acelerar el proceso de la Reforma Universitaria, y nos volcamos durante dos o tres meses a la calle para llevar adelante una demanda que se llamó “La huelga de presupuesto”. Y otro hito memorable: los distintos estamentos de la Universidad elegirían por primera vez y en votación directa, a un rector que llevaba el nombre de Enrique Kirberg.

Ya lo dije y creo necesario reiterarlo: aquél día de marzo de 1968, cuando ingresé a la Escuela de Artes y Oficios ignoraba muchas cosas pero el patio de la  Madre  Escuela fue para mí “El Ágora”; el primer lugar donde aprendí a interesarme en la “República”. Ese fue el primer lugar donde sentí contra mi rostro la fuerza de los vientos huracanados y, hasta el día de hoy, el único sitio donde verdaderamente me he sentido libre.

Supongo que mi experiencia  no es  inédita; supongo que la  historia  vuelve  a repetirse cada mes de marzo con protagonistas tan distintos aunque la inexorable  línea del tiempo nos  hermana, cuando comenzamos  a dotar de sentido profundo a  aquellas palabras que en un inicio nos parecían vacuas y entre las  que se incluyen: “compromiso”, “libertad”, “justicia”...

¡Qué  tiempos  aquellos!

(*) Escritor y ex estudiante de la EAO- UTE

 

Añadir nuevo comentario

(If you're a human, don't change the following field)
Your first name.
(If you're a human, don't change the following field)
Your first name.
(If you're a human, don't change the following field)
Your first name.

Simple Wysiwyg

  • Etiquetas HTML permitidas: <a> <em> <strong> <cite> <blockquote> <ul> <ol> <li> <strike><br> <br /><p>
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

Plain text

  • Etiquetas HTML permitidas: <a> <em> <strong> <cite> <blockquote> <code> <ul> <ol> <li> <dl> <dt> <dd><iframe>
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
CAPTCHA de imagen
Introduzca los caracteres mostrados en la imagen.