Año XLI - Edición Nº 8.409

Miércoles 11 de abril de 2018

Don Nicanor. Una tacita de té en La Reina

Fecha de Publicación: Vie, 09/05/2014 - 13:03

El escritor Jorge Montealegre, recuerda y describe en esta columna, algunos de los momentos que compartió con Nicanor Parra, cuando lo visitó en sus casas de La Reina, Conchalí y Las Cruces.

Nicanor Parra en Las Cruces.

Foto:

Internet

Lo he visitado más de una vez, pero no quiero pecar de abuso de confianza y presumir una familiaridad mayor. Además de verlo por asuntos hasta de trabajo, soy más bien un poeta menor respetuoso que ha tenido el privilegio de conocerlo y haber estado con don Nicanor en diversas oportunidades. Me ubico: cuando yo nací, en 1954, Don Nicanor ya tenía 40 años y estaba publicando sus Poemas y Antipoemas. El mismo año, su hermana –la señora Violeta– recibió el Premio Caupolicán como folclorista. Él habla de la “amistad a domicilio” y con ese afecto he conocido algunas de sus casas: la de Conchalí, Las Cruces y la de La Reina.

A esta última algunas veces fui junto con Erwin Díaz, autor de la antología De Parra a nuestros días. Ambos peatones, gente de a pié, que debíamos tomar aliento cerca de Avenida Ossandón para iniciar el ascenso hacia la colina del antipoeta. No era precisamente el Olimpo, pero igual había que subir hasta que se acababa el pavimento y sentir que de repente se terminaba la ciudad y estábamos en un sendero campestre, donde había que buscar la parcela ubicada en Julia Berstein. El número 272-D (no es cualquier D: es “D de Dios”, aclara el dueño de casa al dar la dirección). Tras la verja de entrada, un sendero umbroso que se pierde en una curva. Da la impresión de internarse en un bosque, pero al doblar ya se está en la amplia terraza de la(s) casa(s). No era llegar y pasar… por los perros: el “Violín” o el “Conchalí” u otros. Hay que tocar la campana. Hospitalario, don Nica baja a recibir con las manos extendidas. Y ofrece té o derechamente cazuela si nos sorprendía la hora de almuerzo.

La casa es literalmente admirable. Domicilio autoconstruido, que fue creciendo de a poco con materiales de demolición. Reciclaje. La casa misma es un artefacto parriano, laberíntico: un refugio que podría ser el sueño de la cabaña cerca de la cordillera. Un escondite de madera: troncos, postes, vigas de ciprés a la vista. Madera por todos lados. Alerce, roble. Puertas antiguas de distintos estilos. De anticuarios y remates. Faroles, linternas de trenes. Cachureos (así se llama, en buena hora, un documental sobre el antipoeta). El domicilio habla de su habitante. Hay objetos que imponen cierta solemnidad. Una guitarra de su hermana y obras de  Violeta Parra, entre ellas la pintura “Casamiento de negros”, donde el único blanco es el sirviente que barre: el opuesto del moreno “fray escoba”. Por ahí un Cristo mutilado, sin piernas. También de madera.

En la terraza hay una mesita y sillas de fierro. También, un banco largo, como de plaza. Recuerdo que una vez en ese lugar estaba Roberto Parra y Andrés Pérez, cuando estaban preparando “La Negra Ester”. Compartimos la mesa, ahí mismo, y me impresionó lo silencioso que era el autor de las décimas que inspiraron esa obra que marcó un hito en el teatro chileno. Fue un privilegio inesperado conocer a estos artistas. En otra oportunidad pasó algo menos grato.

Estábamos –Erwin Díaz y yo– conversando de cualquier cosa con don Nicanor. De improviso llegó una periodista joven, en un radiotaxi. Llegó un poco agitada. Saludó solamente al dueño de casa. La descortesía no pasó inadvertida. Para ella Erwin y yo fuimos invisibles. -¿Quiere tomar un tecito? –No, gracias, dijo la niña sacando su libreta de apuntes y empezando a hacer una pregunta. –Tranquila, ¿verdad que no quiere un tecito? La colega (yo soy periodista) rehusó nuevamente el té e insistió en su entrevista. Don Nicanor la interrumpió. –Mire, yo estoy en una reunión muy importante (nos subió el pelo como diciendo “usted no sabe quiénes son estos señores”) y tenemos que ver unos documentos. Así que (le hizo una seña a la señora que atendía la casa) sírvale un tecito.

Volveré enseguida. Lo seguimos y simplemente cruzamos la casa –en el trayecto mostró algunos de sus “trabajos prácticos”- para ir a instalarnos a otra terraza.

Le dijimos que si tenía una entrevista lo dejábamos, pero no quiso. –Tiene que aprender. Un buen rato después se paró (–Tengo que despachar un asunto) y volvió casi de inmediato. La “entrevista” fue brevísima. Nosotros también nos tomamos un tecito y, por supuesto, nos acordamos de uno mucho más importante en la biografía de Nicanor Parra: la taza que tomó con la esposa de Richard Nixon. Fue en 1970. El poeta debía viajar a La Habana para participar como jurado en el concurso Casa de las Américas, de Cuba. A su agenda también cayó la invitación a un encuentro literario en Washington D.C. En ese marco, pero en uno mayor de guerra fría y guerra de Vietnam, fue invitado a la Casa Blanca. Lo recibió Pat Nixon, la primera dama norteamericana. La foto de ese tecito le valió la excomunión de la izquierda y el retiro de la invitación de Casa de las Américas. El tecito al que yo puedo referirme es mucho más modesto.

Nicanor Parra es un vecino especial. Cuando vivía en Isla Negra, le preguntaron si se consideraba el mejor poeta de Chile; respondió que se conformaba con ser el mejor de Isla Negra. El detalle es que ahí también vivía Pablo Neruda. Bueno, aquí en la Reina (donde también vivió Neruda) tampoco era un tema de fácil despacho, sabiendo que en la misma comuna también vivieron su hermana Violeta y Pablo de Rokha. Dos grandes poetas, que merecen relecturas atentas.

Recuerdo una fotografía, de gran ternura, en cuya imagen la señora Violeta tiene su cabeza apoyada en el hombro del macizo De Rokha. Ahora el vecino está más tiempo en la costa. El refugio de La Reina dejó de estar en el campo. Está cercado por condominios y nadie garantiza -¡menos la voracidad de las inmobiliarias!- que desde los ventanales de la pagoda se seguirá viendo el valle de Santiago. Tardíamente,  cuando don Nicanor ya estaba instalado en las Cruces, fue declarado Hijo Ilustre de La Reina en el año 2011. Con cien años –paradójicamente el más joven de nuestros poetas-  ya no baja en su Volkswagen blanco a buscar a alguna visita que se podía perder entre las calles con nombres de artistas y aprovechar de comprar pan para la once.

(*) Director de  Extensión, Universidad de  Santiago de  Chile.

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